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Ensayos breves sobre el divagar_
textos publicados en 2020. Corrección: Mariana Mendizábal

CV arq Elina Olivera


Proyecto de carpeta, Las Piedras, 2011

Proyecto de carpeta, Las Piedras, 2011
afuera posterior. Render: 3dsc studio
Para el curso de Proyecto, tesis de grado de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de la República, se diseñaron tres edificios para el Parque Artigas de la ciudad de Las Piedras, implantados en el proyecto urbano ganador del 2° Premio del Concurso de la Intendencia de Canelones para dicho parque.
Se desarrolló a nivel de proyecto ejecutivo uno de los tres edificios, llamado Unidad de Gestión (nombre retomado del equipo ganador del 2° premio del Concurso), implantado en el sitio donde está actualmente el mausoleo.
Es un edificio multiprogramático, pensado como parte de un proyecto de equipamiento urbano para la ciudad de Las Piedras y sus conurbanos lindantes.
Contiene una Sala de exposiciones y eventos junto a una cafetería en la planta baja y dos oficinas para la IMC y Administración.
En el Primer nivel, tiene una Biblioteca|Mediateca y cuatro oficinas para Organizaciones Sociales Locales.
En el Segundo nivel, tiene una Sala de conferencias para 110 personas y cuatro oficinas más para Organizaciones Sociales Locales.

Un gran espacio en planta baja con triple altura, que hace de atrio en los tres niveles, es coronado por un techo traslúcido de policarbonato, jerarquizándolo.
El edificio es una caja de vidrio, de planta libre atravesada verticalmente por un cuerpo sólido donde se alojan los servicios y circulaciones verticales.
La envolvente de vidrio es un curtain wall de doble piel, con una cámara ventilada transitable pensada para acondicionar termicamente el edificio de forma natural la mayor parte del tiempo posible, dejando el aire acondicionado para los días con condiciones climáticas extremas.

Proyecto conjunto con Martha Spinoglio


interior planta baja. Render: 3dsc studio

CASAS DE CAMPO

La percepción espacial en el territorio rural es completamente diferente a la del medio urbano. El diálogo adentro-afuera es muy intenso, las percepciones de los espacios interiores están en función de los paisajes que aprecen en las ventanas, como cuadros vivos.
La iluminación natural tiene un rol protagónico en los espacios interiores, que combinada con la espiritualidad de quienes habitan la casa, generan un ambiente muy especial cargado de significados.

foto: Marcos Mendizábal

Vivienda Piqueréz-Eguren. El Colorado. AMPLIACIÓN

Vivienda Piqueréz-Eguren. El Colorado. AMPLIACIÓN
foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

Vivienda Tutté-Maldonado. Melilla. REFORMA

Vivienda Tutté-Maldonado. Melilla. REFORMA
foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

Vivienda Sanguinetti. El Colorado. OBRA NUEVA

Vivienda Sanguinetti. El Colorado. OBRA NUEVA
foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

CASAS URBANAS

Espacios a veces más introvertidos, a veces más abiertos. La ciudad muestra sus escenarios intramuros.

Diseño interior

Diseño interior
cocina montevideana. Vivienda Sanguinetti-Larriera. Foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

Vivienda. Familia Duarte-Olivera. 2010

Reforma de una vivienda unifamiliar.
La casa se abre francamente hacia el fondo, percibiendo esta apertura desde la entrada. La luz natural que entra en la fachada posterior empuja al visitante hacia el alma de la casa: el estar-cocina-comedor, totalmente abierto hacia el espacio exterior posterior.
La calefacción es enteramente a leña y el agua caliente es generada por un calentador solar, ubicado en el techo de la vivienda.

Vivienda Duarte-Olivera

Vivienda Duarte-Olivera
desde el acceso

parte de fachada posterior

Isla de Flores. 2007

Intervenir sin intervenir

Se buscó una intervención mínima en un sitio muy particular, donde inundan las ganas de no tocar mucho nada. El contacto directo con la historia a través de las ruinas carcomidas por el tiempo es avasallador.
El lugar da y pide paz. Planteamos esta mínima intervención y una agenda de eventos posibles para las distintas épocas del año. Se trató de abordar la gestión, aunque fuera a nivel de intenciones.

Autoras: Elina Olivera y Catalina Colo

Primer premio Concurso de ideas Isla de Flores

Primer premio Concurso de ideas Isla de Flores
Taller Perdomo. Facultad de Arquitectura. UdelaR

sábado, 19 de diciembre de 2020

Horarios y costumbres

 

Cuando tenés un hijo, todo el mundo te dice que lo disfrutes, que crecen tan rápido... Y una está en medio del puerperio, con puntos y heridas en lugares terribles, con dolor e inflamación en cada centímetro de tu cuerpo, al servicio de la criatura 24-7, sin un momento para bañarte, con los pelos desgreñados, todavía usando las mismas calzas descoloridas que llevaste durante todo el embarazo y sin dormir desde un mes antes del parto. La palabra disfrutar no entra en esa realidad ni con un calzador de los largos, de esos que usan las personas que no se alcanzan los pies.

En medio de esa realidad unimodal, conformada por cuatro o cinco actividades que se repiten como las palabras de los locos en círculos concéntricos haciendo eje en el bebé, aparece de repente una sonrisa increíblemente hermosa, una mano prensil que se agarra de tu dedo meñique con una fuerza que resulta desproporcionada respecto a su tamaño. Y esos pequeños instantes desencadenan una enorme felicidad desconocida hasta ese momento, una felicidad que se sobrepone al sueño, a los puntos, al dificilísimo estado emocional. Es una felicidad que llegó para quedarse en esta vida, volverá con cada avance, con cada pequeño paso hacia la autonomía, con los amigos que eligen, con cada comprobación de que son buenas personas.

En un momento, ellos empezarán a asomarse a la adultez y nosotros empezaremos a pegar la vuelta. Las fiestas ya no nos valdrán la resaca del día siguiente, ni el bajón de presión, ni casi ningún sacrificio. Y tus hijos se reirán de vos, igual que vos te reías de tu madre, y te acusarán de vieja careta, y reiremos juntos. Es como si la juventud no pudiese seguirnos el tranco y quedara rezagada frente a nuestra testarudez de querer seguir haciendo las mismas cosas, usando la misma ropa y mirando al mundo con la misma mirada entusiasta. Es así, nos resistimos a que el tiempo penetre en nuestro interior; ya bastante que lo dejamos manifestarse en el pelo, la cara, ... y en casi todo lo que se ve.

Nuestros hijos, a su vez, nos van a mostrar que de algún modo siguen siendo los mismos, solo que más grandes y más libres. Se van a enojar con los partidos de fútbol exactamente igual que cuando eran niños: seguirán vociferando como desquiciados contra los jugadores, los jueces, incluso los relatores. O se emocionarán con las mismas películas, con las ceremonias que a nosotros también nos conmueven, sabiendo que estaremos orgullosos de ver que se nos parececen. Aprenderán a discernir cuáles vivencias familiares les gustan, o les son útiles, o les divierten. Y nosotros tendremos que empezar a soltarlos y confiar en ellos, porque ya nos demostraron infinitas veces que podemos confiar, y ahí tendremos que seguir con nuestras vidas, y, una vez levadas las anclas y sin el cable a tierra de las infinitas tareas, retomar nuestro viaje.

Una vez más, igual que cuando nos sacaron del camellón, estaremos solos en la vida.

 

sábado, 12 de diciembre de 2020

Siete_ 1

 

El amanecer de cada día es lento y tortuoso. No sé por qué, pero cuando suena el despertador, el cuerpo pesa veinte o treinta kilos más que en el resto del día. El contacto con el colchón es intenso, siento como sostiene cada centímetro de mi cuerpo apoyado en él. La almohada es como un pecho masculino en un abrazo cálido, de esos de los que una mujer no quiere salir nunca más. Tal vez todo sea porque sé que, una vez en pie, hay que correr. Tal vez porque la vida en los sueños no exige que tomemos decisiones, que nos hagamos cargo de nuestras elecciones, de nuestras palabras y nuestros actos.

Una vez que la lucha de quince minutos es ganada por el sistema productivo en el que estoy inserta, mi cuerpo se aliviana lo suficiente como para levantarme de la cama, calentar la taza de té y sentarme en el sillón. Sin embargo, es un logro bastante relativo, ya que me voy a sentar en el sillón en un angulo tan horizontal como sea posible. Lograr que mi cuello sostenga la cabeza ya será otro asunto, también arduo y dificultoso: mi última conquista de cada mañana.

Debo confesar que siempre he tenido pereza. Desde que tengo memoria, el mundo exterior, el mundo de los esfuerzos físicos, no me interesa. En vez, el mundo interior, el imaginario, donde las cosas son exactamente como yo quiero, se me hace mucho más interesante, más satisfactorio y más cómodo: es un mundo perfecto, donde todo sale siempre como yo quiero. Todo lo contrario del mundo real, que está lleno de trabajo, de cosas que resolver, de errores, de respuestas incorrectas; de decisiones que hay que tomar y de consecuencias que hay que asumir.

¡Cuánto trabajo! Viéndolo así, es comprensible que no me quiera levantar. En el momento de abandonar el sueño, en algún lugar de mi mente se prende una lucecita roja, diminuta, casi imperceptible en la conciencia, que advierte a mi inconsciente de lo que me espera, de que claramente no es conveniente para mí despertarme. Que mi cuerpo y mi cerebro tendrán que iniciar otra vez el movimiento de los engranajes, con el gasto energético que implica el arranque, el paso de la quietud al movimiento. Una vez que ya arrancó, bueno... se sigue casi de forma autómata, casi por inercia, con el consumo de energía propia de la velocidad crucero. Y a ese funcionamiento automático, se acoplan las respuestas y acciones también automáticas, que salen así como vienen, como han venido siempre.

Mis días transcurren de esa forma, en función de mis saberes adquiridos, muchísimos equivocados, incorrectos, basados casi exclusivamente en la repetición; aprendidos a fuerza de seguir el consejo del colchón, de la almohada y del sillón, y consuetudinariamente repetidos, aun conociendo sus impurezas, sus aristas hirientes, su potencial destructivo. Para cambiar esas respuestas automáticas por otras mejores, tendría que lidiar más a fondo con mi pereza, detenerme a soñar despierta con una mejor versión de mí y trabajar duro para encarnarla.

Puede que todo esto explique por qué me gusta escribir divagues, diseñar espacios, cantar canciones compuestas por otros. Todo eso se gesta en mi cabeza y no me exige mayor esfuerzo físico, es cuestión de sentarse y plasmar lo imaginado cargado de emotividad. Pero tal vez, es justamente en el esfuerzo cotidiano de entrar al canal de expresión por donde se traslada todo acto creativo para encontrar al otro e intentar conmoverlo donde reside mi salvación.

 

sábado, 5 de diciembre de 2020

De qué hablamos?

 

Hace unos días descubrí en el Diccionario filosófico de Voltaire que Babel es el nombre bíblico de Babilonia. Lo descubrí después de embarcarme en una meticulosa investigación que empezó en La trilogía de Nueva York, siguió con consultas a algunos parientes, y una búsqueda en el Viejo Testamento, para finalmente desembarcar en Google, una vez más, donde encontré ese diccionario. Dediqué casi toda la tarde a esa tarea, con una atención adrenalínica. Estaba en mi casa esos días, así que tenía tiempo, y lo invertí con enorme alegría en esa búsqueda casi inútil. Una búsqueda que solo iba a ser redituable en términos de curiosidad, aunque muchas de las cosas que aprendí las voy a olvidar muy rápido, si es que ya no las olvidé, como casi todo.

Sin embargo, dedicar toda esa energía a la búsqueda de ese tipo de conocimiento siempre ha sido una especie de droga para mí. Desde niña me han fascinado ese tipo de tareas. Mi memoria vino defectuosa, hasta el punto de ver una película una noche y a la mañana siguiente no recordar de qué se trataba y mucho menos cómo se llamaba; exceptuando esas pocas películas que me dieron vuelta la cabeza, que me transformaron. Jamás logré recordar fechas, enumeraciones, tipologías. ¿Para qué querría saber ese tipo de cosas?

Mis mejores anécdotas, con las que más he divertido a mi familia, relatan enormes humillaciones parada debajo del pizarrón, intentando repetir nombres de huesos, ríos de América, tablas, o fechas y hechos históricos sin sentido para mí, mientras la clase entera, el maestro o profesor incluido, me acribillaban con la mirada. Y yo ahí, parada, fortaleciendo mi resistencia interior. No solo no lo había memorizado, ni siquiera lo había estudiado. No me interesaba. Claro que el recuerdo de esos momentos quedó grabado a fuego en mi memoria, pero la profunda convicción de que esa información era completamente inútil me ayudaba a mantener la entereza.

Mi mente funciona bien cuando puede meterse en un espacio disparado por un interés que aparece casualmente y entra por un túnel hecho de cuestiones ligadas a ese interés original. Cosas irrelevantes pero que se atan al interés disparador de una forma robusta, siendo más importante esa atadura que los eventos que ata. Es más interesante el hilo conductor que los hechos que conecta. Los hechos seguro que voy a olvidarlos rápidamente, pero el hilo conductor que hilvana todos esos pensamientos va a quedar grabado en mi cerebro, tal vez para siempre, llegando a veces a ser el disparador de un nuevo proceso inquieto.

Mis hijos me preguntaron muchas veces para qué tenían que estudiar determinadas cosas que, según ellos, no les servían para nada. Y debo confesar que les contesté con las respuestas que algún adulto me había dado a mí cuando hice esas mismas preguntas, cayendo en uno de los peores pecados: responder lo mismo que nuestros padres a preguntas para las que no tenemos respuesta. Tal vez por miedo a dejar en evidencia que no tengo todas las respuestas... tal vez por miedo a que me desafiaran... tal vez solo por miedo.. Ahora creo que podría contestar al menos algunas de sus preguntas: hay que estudiar matemáticas porque es hermosa, y también porque ayuda a desarrollar algunas partes del cerebro y del pensamiento abstracto, y no conozco otras herramientas más eficientes para eso. Hay que estudiar Idioma Español porque ver la estructura invisible que sostiene la lengua nos adentra en una dimensión fascinante. No hay que memorizar nada. Hay que seguir cada inquietud como un sabueso e intentar a toda costa encontrar el espíritu que hay detrás de cada búsqueda de conocimiento. Todo lo demás, no importa.

sábado, 28 de noviembre de 2020

Covicho 13 - Gusi 0

 

Murió Diego Maradona pero la discusión inlaudable de quién es el mejor jugador de la historia está más viva que nunca. En su versión más clásica, tiene a Pelé y Maradona como protagonistas. Pero la discusión también puede girar en torno a Messi y Maradona. O puede enfrentar al astro argentino con Cristiano Ronaldo, o Ronaldo, o Ronaldinho. Sea quién sea el contrincante, no es posible hacer una afirmación de esa naturaleza. No es posible definir las variables para hacer estadísticas, ni su incidencia en lo que estamos midiendo o en los resultados que obtuvieron, porque el momento histórico es diferente para cada uno; porque las condiciones -el entorno, la liga, los compañeros de cuadro- son diferentes; porque la personalidad de cada uno es diferente y también lo es su capacidad de enfrentar las victorias y las derrotas.

Yo, que también tengo mis contradicciones, y aun entendiendo la imposibilidad de medir de manera más o menos objetiva la carrera de uno y otro, me encuentro hinchando por tal o cual, dependiendo del humor y del día. Pero todo esto nada tiene que ver con el fútbol en realidad, son cuestiones de la vida... opciones... posturas filosóficas.

Hoy estamos en medio de una situación global muy extraña, con un planeta semi paralizado por una enfermedad que apareció como antes habían aparecido otras, pero que, por alguna razón un tanto misteriosa, detuvo al mundo. Y en medio de esta confusión generalizada, también tenemos la necesidad de defender una posición; y así, yo, una vez más he tomado partido. He tomado partido de la misma manera subjetiva que discuto quién es el mejor jugador del mundo, con las mismas variables y condiciones indefinidas; con mi natural desconfianza en los poderes establecidos; con empatía con los que protestan contra un sistema perverso, que ahora se dedica a encontrar culpables.

No importan mucho las personas, qué cosas viven, con qué tienen que lidiar. No está bien abrazar a tu madre, no está bien juntarte a almorzar un domingo con tu padre, no está bien ir a acompañar a tu tía que está internada sola y bastante mal. Lo importante es encontrar un culpable y quemarlo en la plaza pública de hoy.

Sin embargo, a medida que pasan los días, me voy dando cuenta de que el enojo no me está sirviendo de nada y tengo que dejar de tomar partido. No tiene sentido defender la teoría de la conspiración, ni pedir a gritos que, si van a medir enfermedades, que las midan todas, ni otro montón de reivindicaciones que le estoy haciendo a nadie y a todos desde marzo. Nada de eso importa en realidad. Lo único que importa es la situación en la que estamos y lo que cada uno de nosotros puede aportar individualmente. No importa si es justo, si hay intereses creados, si estoy de acuerdo o no con las decisiones que se están tomando. Lo único que puedo hacer ahora es ponerme el tapabocas, aceptar las condiciones que me son dadas y no puedo cambiar, y callarme la boca.

domingo, 22 de noviembre de 2020

El Padrino IV

Cuando leí a Mario Puzo mi mente viajó por lugares que no me eran del todo desconocidos, tal vez reproduciendo las imágenes que se gestaron en la cabeza de Coppola antes de que las materializara en sus películas. Imágenes de familias numerosas con niños correteando en el jardín, en actividades que quizá lindaban con lo delictivo, bajo la batuta de alguno de los primos mayores, de esos que siempre tienen ideas incorrectas pero terriblemente tentadoras y divertidas; ideas que pueden terminar en reprimendas, pero que, bajo el amparo de lo colectivo, suelen quedar impunes.

En el centro de la imagen están los adultos sentados alrededor de una mesa llena de comida, hablando todos a la vez, gritando para tratar de que alguien los escuche. La comida es lo esencial: cada tía tiene una especialidad salada y una dulce, y todos saben de antemano el repertorio que se van a encontrar sobre la mesa, cumpliendo las expectativas y las tradiciones que se fueron imponiendo a fuerza de pura repetición.

Los niños no están muy interesados en la comida, pero cada tanto se dan una vuelta por la mesa y pican algo a las apuradas. Ellos no tienen un lugar en la mesa, tampoco les hace falta. Solo necesitan que los adultos no intervengan en sus juegos, que se olviden de ellos por un rato, que no se preocupen si hace frío o si están en un lugar peligroso. A la hora del postre van a venir todos sin falta, eso seguro. Mientras tanto, seguirán al líder de turno o estarán por ahí, alimentando la camaradería que vivirá por siempre entre ellos, aún cuando las elecciones de la vida los vayan diferenciado inexorablemente. Esa es la naturaleza del lazo en las familias italianas arquetípicas.

Cuando la manada de niños deja de entusiasmarlos, los adolescentes empiezan a revolotear en la mesa de los grandes. Es más divertido comer y escuchar las conversaciones de los grandes, para luego apartarse y burlarse a sus anchas de lo que hablan, sin vislumbrar, ni por asomo, que no muchos años después serán ellos los que estén alrededor de la mesa, hablando más o menos de las mismas cosas. Así es la juventud: una etapa que uno piensa que va a durar para siempre, tal vez porque el tiempo es todavía un poco como en la infancia: eterno, gigante, infinito.

Pasan las décadas y las reuniones siguen siendo más o menos iguales. Tal vez cambie algún plato, porque aún en estructuras un tanto rígidas, la vida es movimiento. También cambiarán algunas de las personas que están alrededor la mesa y los niños que corren en el jardín. Hoy en día, los niños ya no son tan independientes como éramos en los ‘70, ya no están tan al margen del mundo de los adultos. Ya no pueden desaparecer durante horas sin que sus padres salgan a buscarlos y los obliguen a quedarse donde puedan verlos. Es una pena. De todos modos, ellos siguen forjando su independencia y su pertenencia al clan: nadie les dice qué tienen que hacer ni cómo tienen que jugar.

También es habitual que alguno de los adultos se divierta con los niños, los arengue a hacer cosas, los lleve de a seis o siete en moto por el jardín, o en enormes carros sin barandas tirados por un tractor, todos juntos, niños grandes y niños chicos. Los más grandes cuidarán de los chicos, no hay de qué preocuparse, así ha funcionado siempre. Será también a veces el autor intelectual de las travesuras que hagan los niños, para luego mirar de reojo, desde la mesa de los adultos, cómo su plan es ejecutado a la perfección, riendo con una mueca disimulada mientras admira orgulloso su obra por el rabillo del ojo.

Así transcurren las décadas, sin grandes cambios en las reuniones familiares. Lo que va cambiando es el motivo de celebración. Así pasamos del cumpleaños de la abuela en la gran casa familiar a otros eventos que fueron surgiendo con el paso de los años, porque en la familia nunca faltan motivos para celebrar.

Por ejemplo, bajo esa impronta de reunirse y comer, la familia empezó a celebrar el aniversario de la muerte de algunos de sus integrantes. Todo empezó con una reunión multitudinaria para conmemorar el aniversario de la muerte de los abuelos, con una misa y la tradicional comilona, a la que debían ir obligatoriamente la segunda, la tercera y la cuarta generación, en una reunión de doscientas personas, exactamente igual a aquellas de la infancia de los que ahora son adultos, pero más numerosa. Cuando quisieron acordar, esas conmemoraciones se habían convertido en una nueva tradición familiar con la que los integrantes de la familia se sienten perfectamente cómodos, pero que a la hora de contárselo a otra persona -a un cónyuge, por ejemplo, o a un amigo-, y registrando el asombro de éstos, uno sospecha que quizá no es así como se hacen las cosas en otras familias.

Ayer la familia celebró la vida y la muerte de uno de sus integrantes. Uno de aquellos que se divertían con los niños y que siempre perteneció a todos los grupos. Aquel de los paseos en moto; el autor intelectual en asociación para delinquir con los niños. Aquel que, al ver que el grupo de desprolijos de la familia se sacaba una foto en un evento, venía corriendo al grito de “¡Un momento! ¡Yo tengo que estar en esa foto!” Un integrante que solía incumplir las normas de etiqueta; que no hacía caso a los consejos de los mayores, que nos enseñó muchas cosas buenas, mostrándonos que podíamos ser libres y seguir perteneciendo al clan. Tal vez fue de los primeros en tirar de la cuerda y comprobar que la familia nunca te va a dejar afuera; no importa lo que hagas. El gurú de la diversión y lo políticamente incorrecto: “El primer talibán”.

sábado, 14 de noviembre de 2020

Defensor - Deportivo Maldonado

 

La luz del día se va apagando. La gata duerme sobre la ropa que entramos de la cuerda. Le encanta hacer eso, dormir sobre la ropa que entramos de la cuerda, enroscada de una forma que parece imposible. Se oye de fondo el relato de un partido de fútbol y, cada tanto, el comentario impaciente de los varones.

En casa nos gusta mucho el fútbol. A todos nos gusta. Tal vez para mí empezó como una forma de empatizar con mi padre, o de diferenciarme de mis compañeras de escuela, por esa permanente necesidad de diferenciarme de las fans de Menudo o de Los Parchís. A mí no me gustaban ninguno de los dos, y me enorgullecía de quedarme todo el recreo jugando a la tapadita con mi amiga Adriana sobre un banco de hormigón que había en el patio, justo frente a la puerta de la clase. Así fue que me empezó a gustar el fútbol; solo porque no era para niñas.

Siempre tuve un extraño orgullo de ser diferente. Supongo que lo forjé por obligación, por ser diferente. Porque mi familia no se parecía a la de nadie, mi casa era en otro lado, mis padres eran raros. Enorgullecerse se presentaba como una solución.

Por algún tipo de ceremonia extraña, cada año, en algún momento, entraba un cura a la clase con un cuaderno y un lápiz y preguntaba: “¿quién tiene los padres divorciados?” Y ahí, yo, sola con mi alma, tenía que levantar la mano y dejar en evidencia mis diferencias ante toda la clase. Año tras año. Quería pensar que había algún tipo de encuesta eclesiástica que tenían que llenar periódicamente, pero en el fondo sospechaba que era solo para molestar, para que ningún niño desprevenido fuera a liberarse de la culpa por su destino, por las decisiones que tomaran otros, o por lo que fuera.

Además de tener los padres divorciados, vivíamos en el campo, me vestía diferente y no usaba broches con moñitas. Yo le pedía a mi madre que al menos me dejara usar sandalias con medias, aunque no tuviera medias con volados... creo que ni siquiera tenía medias blancas. Pero no; tenía que ir con sandalias de cuero marrón sin medias, unos broches que se llamaban cucarachas y túnica prendida adelante, heredada de mi hermano mayor. Tampoco podía tener el pelo largo, porque no me dejaba peinar.

Mi madre era fundamentalista contra los “Días de...”: el día de la madre, el día del padre, el día del niño, eran todos inventos de los comerciantes para vender más, nos decía. Nada de eso estaba convalidado en mi casa, así que para el día del niño no nos regalaban nada y yo me veía obligada a inventar cuando mis amigas conversaban sobre los regalos recibidos. Y también era fundamentalista contra la televisión, así que tampoco podía participar de las conversaciones de los programas de tele para niños de los años '70.

Ya más grande, cuando la tele al fin entró en nuestra casa, disfrutaba mirando los goles los domingos de tardecita. También miraba los partidos de básquetbol en el canal 5, vibrando con cada partido de Bohemios en las épocas del Tato López y sus grandes glorias. Incluso escuchaba “La vuelta ciclista” con el inconfundible relato radial maravilloso e incomprensible. Cuando por fin llegaba el día en que pasaba por la portera, ahí estábamos todos, apostados al borde de la ruta alentando al pelotón, liderados implacablemente por mi madre, en una tradición familiar que yo intenté perpetuar con mis hijos sin éxito.

Y así, como una pelota que rebota en el piso dejando en el golpe toda su fuerza para volver únicamente con el impulso que le devuelve la tierra, fue que empecé a forjar mi identidad: una identidad sólida, bien definida, consistente hasta las últimas consecuencias. Una identidad que me permitiera abrirme paso en el mundo y que no se resquebrajara ante todo sufrimiento. Dejé atrás todo lo que pude, todo lo que amenazara mi supervivencia; pero esta nueva persona que surgía, seguía siendo diferente.

 

sábado, 7 de noviembre de 2020

Antídoto y veneno

 

Cada sábado me prometía a mí misma que no volvería. Sentada en una mesa, miraba a Gonzalo y le preguntaba: “¿Por qué vine? Si ya sé que no me gusta...” Y él me contestaba siempre lo mismo: “No sé. Yo tampoco sé por qué vengo”. Las parejas daban vueltas en una especie de movimiento hipnótico, como una calesita, una masa informe de camisas por dentro de los vaqueros con cinturón de cuero y blusas de colores coronadas por peinados con broches brillantes y jopos enormes.

El disc jockey tenía muchos discos, de rock argentino, de Madonna, de Michael Jackson, de Bruce Springsteen, que nunca los ponía; siempre sonaba lo mismo, lo mismo que tocarían las orquestas que llegaban con sus trajes celestes y sus guitarras con pianito. A pesar de que le pedíamos que los pusiera, no los ponía. Sólo quedaba resignarse, sentarse en la mesa y alimentar el malhumor.

El ómnibus para volver a casa no pasaba hasta las seis de la mañana, me quedaba toda la noche sentada en aquella silla, contestando siempre lo mismo a algún valiente que se arrimaba: “No”. Los demás bailaban, se divertían, tomaban algo, conversaban con sus amigos, se besaban con algún novio. Gonzalo y yo seguíamos sentados en la mesa donde se apoyaba algún vaso sin dueño.

Seguro que el chico que me gustaba no había ido, o bailaba con otra chica, o tenía novia. Sólo había ido para verlo a él y él había ido a ver a alguna otra, que tal vez también había ido a ver a otro. No era fácil ser joven en los ‘80 en el interior. Pasabas noches enteras esperando que aquel muchacho te sacara a bailar, y si eso no pasaba, como casi siempre, la noche era un castigo agónico, una tortura al son de Grupo 70, mirando el reloj cada quince minutos, con la única ilusión de pasar por la panadería y reventar las últimas monedas en una bolsa de bizcochos para devorar en la parada.

Lo increíble es que la expectativa previa siempre lograba engañarme. Conversando con mis hermanos o mis amigos, a veces ya desde el viernes iba surgiendo algún tipo de entusiasmo basado en la fantasía de que aquel chico fuera al baile, que no tuviera más novia y que me sacara a bailar a mí. Pero al llegar, lo único que había era una nueva comprobación de que las fantasías no existen más que en la imaginación y en el corazón dulce y melancólico de las adolescentes soñadoras; fantasías que eran sistemáticamente destruidas al son de la plena, con los ojos doloridos de ver pasar la masa girante. Ojos y oídos embutidos en la cabeza pesada, desplomada sobre la muñeca, cuya fuerza se transmitía hacia el codo anclado en la mesa de madera barata, que a su vez se distribuía en las patas de la mesa, para terminar de descargar la soledad al piso de baldosas amarillas y negras gastadas por los tacos y mocasines girantes de cada sábado.

Así, sin entender por qué volvía, fue que un día no volví más. Nunca más vi la masa girante ni sus cabezas de jopos y peinados con raya al costado, ni los dos pasos a un lado y uno al otro, ni los trajes celestes, ni las guitarras con pianito. Tampoco volvieron las fantasías de amor imposible, ni las bolsas de bizcochos al amanecer, ni el control incesante del reloj que no avanza.

En aquel momento no entendía por qué volvía una y otra vez en busca de la materialización de mis fantasías. No lo entendía en aquel momento y tampoco lo entiendo ahora. No es que crea que no es posible materializar las fantasías, todo lo contrario. De hecho, casi podría decir que construí mi vida sobre esas fantasías. Lo que no termino de entender es por qué, sabiendo lo que quiero, lo busco donde sé que no está. No lo entendía en aquel momento y tampoco lo entiendo ahora.