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Ensayos breves sobre el divagar_
textos publicados en 2020. Corrección: Mariana Mendizábal

CV arq Elina Olivera


Proyecto de carpeta, Las Piedras, 2011

Proyecto de carpeta, Las Piedras, 2011
afuera posterior. Render: 3dsc studio
Para el curso de Proyecto, tesis de grado de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de la República, se diseñaron tres edificios para el Parque Artigas de la ciudad de Las Piedras, implantados en el proyecto urbano ganador del 2° Premio del Concurso de la Intendencia de Canelones para dicho parque.
Se desarrolló a nivel de proyecto ejecutivo uno de los tres edificios, llamado Unidad de Gestión (nombre retomado del equipo ganador del 2° premio del Concurso), implantado en el sitio donde está actualmente el mausoleo.
Es un edificio multiprogramático, pensado como parte de un proyecto de equipamiento urbano para la ciudad de Las Piedras y sus conurbanos lindantes.
Contiene una Sala de exposiciones y eventos junto a una cafetería en la planta baja y dos oficinas para la IMC y Administración.
En el Primer nivel, tiene una Biblioteca|Mediateca y cuatro oficinas para Organizaciones Sociales Locales.
En el Segundo nivel, tiene una Sala de conferencias para 110 personas y cuatro oficinas más para Organizaciones Sociales Locales.

Un gran espacio en planta baja con triple altura, que hace de atrio en los tres niveles, es coronado por un techo traslúcido de policarbonato, jerarquizándolo.
El edificio es una caja de vidrio, de planta libre atravesada verticalmente por un cuerpo sólido donde se alojan los servicios y circulaciones verticales.
La envolvente de vidrio es un curtain wall de doble piel, con una cámara ventilada transitable pensada para acondicionar termicamente el edificio de forma natural la mayor parte del tiempo posible, dejando el aire acondicionado para los días con condiciones climáticas extremas.

Proyecto conjunto con Martha Spinoglio


interior planta baja. Render: 3dsc studio

CASAS DE CAMPO

La percepción espacial en el territorio rural es completamente diferente a la del medio urbano. El diálogo adentro-afuera es muy intenso, las percepciones de los espacios interiores están en función de los paisajes que aprecen en las ventanas, como cuadros vivos.
La iluminación natural tiene un rol protagónico en los espacios interiores, que combinada con la espiritualidad de quienes habitan la casa, generan un ambiente muy especial cargado de significados.

foto: Marcos Mendizábal

Vivienda Piqueréz-Eguren. El Colorado. AMPLIACIÓN

Vivienda Piqueréz-Eguren. El Colorado. AMPLIACIÓN
foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

Vivienda Tutté-Maldonado. Melilla. REFORMA

Vivienda Tutté-Maldonado. Melilla. REFORMA
foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

Vivienda Sanguinetti. El Colorado. OBRA NUEVA

Vivienda Sanguinetti. El Colorado. OBRA NUEVA
foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

CASAS URBANAS

Espacios a veces más introvertidos, a veces más abiertos. La ciudad muestra sus escenarios intramuros.

Diseño interior

Diseño interior
cocina montevideana. Vivienda Sanguinetti-Larriera. Foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

Vivienda. Familia Duarte-Olivera. 2010

Reforma de una vivienda unifamiliar.
La casa se abre francamente hacia el fondo, percibiendo esta apertura desde la entrada. La luz natural que entra en la fachada posterior empuja al visitante hacia el alma de la casa: el estar-cocina-comedor, totalmente abierto hacia el espacio exterior posterior.
La calefacción es enteramente a leña y el agua caliente es generada por un calentador solar, ubicado en el techo de la vivienda.

Vivienda Duarte-Olivera

Vivienda Duarte-Olivera
desde el acceso

parte de fachada posterior

Isla de Flores. 2007

Intervenir sin intervenir

Se buscó una intervención mínima en un sitio muy particular, donde inundan las ganas de no tocar mucho nada. El contacto directo con la historia a través de las ruinas carcomidas por el tiempo es avasallador.
El lugar da y pide paz. Planteamos esta mínima intervención y una agenda de eventos posibles para las distintas épocas del año. Se trató de abordar la gestión, aunque fuera a nivel de intenciones.

Autoras: Elina Olivera y Catalina Colo

Primer premio Concurso de ideas Isla de Flores

Primer premio Concurso de ideas Isla de Flores
Taller Perdomo. Facultad de Arquitectura. UdelaR

sábado, 28 de noviembre de 2020

Covicho 13 - Gusi 0

 

Murió Diego Maradona pero la discusión inlaudable de quién es el mejor jugador de la historia está más viva que nunca. En su versión más clásica, tiene a Pelé y Maradona como protagonistas. Pero la discusión también puede girar en torno a Messi y Maradona. O puede enfrentar al astro argentino con Cristiano Ronaldo, o Ronaldo, o Ronaldinho. Sea quién sea el contrincante, no es posible hacer una afirmación de esa naturaleza. No es posible definir las variables para hacer estadísticas, ni su incidencia en lo que estamos midiendo o en los resultados que obtuvieron, porque el momento histórico es diferente para cada uno; porque las condiciones -el entorno, la liga, los compañeros de cuadro- son diferentes; porque la personalidad de cada uno es diferente y también lo es su capacidad de enfrentar las victorias y las derrotas.

Yo, que también tengo mis contradicciones, y aun entendiendo la imposibilidad de medir de manera más o menos objetiva la carrera de uno y otro, me encuentro hinchando por tal o cual, dependiendo del humor y del día. Pero todo esto nada tiene que ver con el fútbol en realidad, son cuestiones de la vida... opciones... posturas filosóficas.

Hoy estamos en medio de una situación global muy extraña, con un planeta semi paralizado por una enfermedad que apareció como antes habían aparecido otras, pero que, por alguna razón un tanto misteriosa, detuvo al mundo. Y en medio de esta confusión generalizada, también tenemos la necesidad de defender una posición; y así, yo, una vez más he tomado partido. He tomado partido de la misma manera subjetiva que discuto quién es el mejor jugador del mundo, con las mismas variables y condiciones indefinidas; con mi natural desconfianza en los poderes establecidos; con empatía con los que protestan contra un sistema perverso, que ahora se dedica a encontrar culpables.

No importan mucho las personas, qué cosas viven, con qué tienen que lidiar. No está bien abrazar a tu madre, no está bien juntarte a almorzar un domingo con tu padre, no está bien ir a acompañar a tu tía que está internada sola y bastante mal. Lo importante es encontrar un culpable y quemarlo en la plaza pública de hoy.

Sin embargo, a medida que pasan los días, me voy dando cuenta de que el enojo no me está sirviendo de nada y tengo que dejar de tomar partido. No tiene sentido defender la teoría de la conspiración, ni pedir a gritos que, si van a medir enfermedades, que las midan todas, ni otro montón de reivindicaciones que le estoy haciendo a nadie y a todos desde marzo. Nada de eso importa en realidad. Lo único que importa es la situación en la que estamos y lo que cada uno de nosotros puede aportar individualmente. No importa si es justo, si hay intereses creados, si estoy de acuerdo o no con las decisiones que se están tomando. Lo único que puedo hacer ahora es ponerme el tapabocas, aceptar las condiciones que me son dadas y no puedo cambiar, y callarme la boca.

domingo, 22 de noviembre de 2020

El Padrino IV

Cuando leí a Mario Puzo mi mente viajó por lugares que no me eran del todo desconocidos, tal vez reproduciendo las imágenes que se gestaron en la cabeza de Coppola antes de que las materializara en sus películas. Imágenes de familias numerosas con niños correteando en el jardín, en actividades que quizá lindaban con lo delictivo, bajo la batuta de alguno de los primos mayores, de esos que siempre tienen ideas incorrectas pero terriblemente tentadoras y divertidas; ideas que pueden terminar en reprimendas, pero que, bajo el amparo de lo colectivo, suelen quedar impunes.

En el centro de la imagen están los adultos sentados alrededor de una mesa llena de comida, hablando todos a la vez, gritando para tratar de que alguien los escuche. La comida es lo esencial: cada tía tiene una especialidad salada y una dulce, y todos saben de antemano el repertorio que se van a encontrar sobre la mesa, cumpliendo las expectativas y las tradiciones que se fueron imponiendo a fuerza de pura repetición.

Los niños no están muy interesados en la comida, pero cada tanto se dan una vuelta por la mesa y pican algo a las apuradas. Ellos no tienen un lugar en la mesa, tampoco les hace falta. Solo necesitan que los adultos no intervengan en sus juegos, que se olviden de ellos por un rato, que no se preocupen si hace frío o si están en un lugar peligroso. A la hora del postre van a venir todos sin falta, eso seguro. Mientras tanto, seguirán al líder de turno o estarán por ahí, alimentando la camaradería que vivirá por siempre entre ellos, aún cuando las elecciones de la vida los vayan diferenciado inexorablemente. Esa es la naturaleza del lazo en las familias italianas arquetípicas.

Cuando la manada de niños deja de entusiasmarlos, los adolescentes empiezan a revolotear en la mesa de los grandes. Es más divertido comer y escuchar las conversaciones de los grandes, para luego apartarse y burlarse a sus anchas de lo que hablan, sin vislumbrar, ni por asomo, que no muchos años después serán ellos los que estén alrededor de la mesa, hablando más o menos de las mismas cosas. Así es la juventud: una etapa que uno piensa que va a durar para siempre, tal vez porque el tiempo es todavía un poco como en la infancia: eterno, gigante, infinito.

Pasan las décadas y las reuniones siguen siendo más o menos iguales. Tal vez cambie algún plato, porque aún en estructuras un tanto rígidas, la vida es movimiento. También cambiarán algunas de las personas que están alrededor la mesa y los niños que corren en el jardín. Hoy en día, los niños ya no son tan independientes como éramos en los ‘70, ya no están tan al margen del mundo de los adultos. Ya no pueden desaparecer durante horas sin que sus padres salgan a buscarlos y los obliguen a quedarse donde puedan verlos. Es una pena. De todos modos, ellos siguen forjando su independencia y su pertenencia al clan: nadie les dice qué tienen que hacer ni cómo tienen que jugar.

También es habitual que alguno de los adultos se divierta con los niños, los arengue a hacer cosas, los lleve de a seis o siete en moto por el jardín, o en enormes carros sin barandas tirados por un tractor, todos juntos, niños grandes y niños chicos. Los más grandes cuidarán de los chicos, no hay de qué preocuparse, así ha funcionado siempre. Será también a veces el autor intelectual de las travesuras que hagan los niños, para luego mirar de reojo, desde la mesa de los adultos, cómo su plan es ejecutado a la perfección, riendo con una mueca disimulada mientras admira orgulloso su obra por el rabillo del ojo.

Así transcurren las décadas, sin grandes cambios en las reuniones familiares. Lo que va cambiando es el motivo de celebración. Así pasamos del cumpleaños de la abuela en la gran casa familiar a otros eventos que fueron surgiendo con el paso de los años, porque en la familia nunca faltan motivos para celebrar.

Por ejemplo, bajo esa impronta de reunirse y comer, la familia empezó a celebrar el aniversario de la muerte de algunos de sus integrantes. Todo empezó con una reunión multitudinaria para conmemorar el aniversario de la muerte de los abuelos, con una misa y la tradicional comilona, a la que debían ir obligatoriamente la segunda, la tercera y la cuarta generación, en una reunión de doscientas personas, exactamente igual a aquellas de la infancia de los que ahora son adultos, pero más numerosa. Cuando quisieron acordar, esas conmemoraciones se habían convertido en una nueva tradición familiar con la que los integrantes de la familia se sienten perfectamente cómodos, pero que a la hora de contárselo a otra persona -a un cónyuge, por ejemplo, o a un amigo-, y registrando el asombro de éstos, uno sospecha que quizá no es así como se hacen las cosas en otras familias.

Ayer la familia celebró la vida y la muerte de uno de sus integrantes. Uno de aquellos que se divertían con los niños y que siempre perteneció a todos los grupos. Aquel de los paseos en moto; el autor intelectual en asociación para delinquir con los niños. Aquel que, al ver que el grupo de desprolijos de la familia se sacaba una foto en un evento, venía corriendo al grito de “¡Un momento! ¡Yo tengo que estar en esa foto!” Un integrante que solía incumplir las normas de etiqueta; que no hacía caso a los consejos de los mayores, que nos enseñó muchas cosas buenas, mostrándonos que podíamos ser libres y seguir perteneciendo al clan. Tal vez fue de los primeros en tirar de la cuerda y comprobar que la familia nunca te va a dejar afuera; no importa lo que hagas. El gurú de la diversión y lo políticamente incorrecto: “El primer talibán”.

sábado, 14 de noviembre de 2020

Defensor - Deportivo Maldonado

 

La luz del día se va apagando. La gata duerme sobre la ropa que entramos de la cuerda. Le encanta hacer eso, dormir sobre la ropa que entramos de la cuerda, enroscada de una forma que parece imposible. Se oye de fondo el relato de un partido de fútbol y, cada tanto, el comentario impaciente de los varones.

En casa nos gusta mucho el fútbol. A todos nos gusta. Tal vez para mí empezó como una forma de empatizar con mi padre, o de diferenciarme de mis compañeras de escuela, por esa permanente necesidad de diferenciarme de las fans de Menudo o de Los Parchís. A mí no me gustaban ninguno de los dos, y me enorgullecía de quedarme todo el recreo jugando a la tapadita con mi amiga Adriana sobre un banco de hormigón que había en el patio, justo frente a la puerta de la clase. Así fue que me empezó a gustar el fútbol; solo porque no era para niñas.

Siempre tuve un extraño orgullo de ser diferente. Supongo que lo forjé por obligación, por ser diferente. Porque mi familia no se parecía a la de nadie, mi casa era en otro lado, mis padres eran raros. Enorgullecerse se presentaba como una solución.

Por algún tipo de ceremonia extraña, cada año, en algún momento, entraba un cura a la clase con un cuaderno y un lápiz y preguntaba: “¿quién tiene los padres divorciados?” Y ahí, yo, sola con mi alma, tenía que levantar la mano y dejar en evidencia mis diferencias ante toda la clase. Año tras año. Quería pensar que había algún tipo de encuesta eclesiástica que tenían que llenar periódicamente, pero en el fondo sospechaba que era solo para molestar, para que ningún niño desprevenido fuera a liberarse de la culpa por su destino, por las decisiones que tomaran otros, o por lo que fuera.

Además de tener los padres divorciados, vivíamos en el campo, me vestía diferente y no usaba broches con moñitas. Yo le pedía a mi madre que al menos me dejara usar sandalias con medias, aunque no tuviera medias con volados... creo que ni siquiera tenía medias blancas. Pero no; tenía que ir con sandalias de cuero marrón sin medias, unos broches que se llamaban cucarachas y túnica prendida adelante, heredada de mi hermano mayor. Tampoco podía tener el pelo largo, porque no me dejaba peinar.

Mi madre era fundamentalista contra los “Días de...”: el día de la madre, el día del padre, el día del niño, eran todos inventos de los comerciantes para vender más, nos decía. Nada de eso estaba convalidado en mi casa, así que para el día del niño no nos regalaban nada y yo me veía obligada a inventar cuando mis amigas conversaban sobre los regalos recibidos. Y también era fundamentalista contra la televisión, así que tampoco podía participar de las conversaciones de los programas de tele para niños de los años '70.

Ya más grande, cuando la tele al fin entró en nuestra casa, disfrutaba mirando los goles los domingos de tardecita. También miraba los partidos de básquetbol en el canal 5, vibrando con cada partido de Bohemios en las épocas del Tato López y sus grandes glorias. Incluso escuchaba “La vuelta ciclista” con el inconfundible relato radial maravilloso e incomprensible. Cuando por fin llegaba el día en que pasaba por la portera, ahí estábamos todos, apostados al borde de la ruta alentando al pelotón, liderados implacablemente por mi madre, en una tradición familiar que yo intenté perpetuar con mis hijos sin éxito.

Y así, como una pelota que rebota en el piso dejando en el golpe toda su fuerza para volver únicamente con el impulso que le devuelve la tierra, fue que empecé a forjar mi identidad: una identidad sólida, bien definida, consistente hasta las últimas consecuencias. Una identidad que me permitiera abrirme paso en el mundo y que no se resquebrajara ante todo sufrimiento. Dejé atrás todo lo que pude, todo lo que amenazara mi supervivencia; pero esta nueva persona que surgía, seguía siendo diferente.

 

sábado, 7 de noviembre de 2020

Antídoto y veneno

 

Cada sábado me prometía a mí misma que no volvería. Sentada en una mesa, miraba a Gonzalo y le preguntaba: “¿Por qué vine? Si ya sé que no me gusta...” Y él me contestaba siempre lo mismo: “No sé. Yo tampoco sé por qué vengo”. Las parejas daban vueltas en una especie de movimiento hipnótico, como una calesita, una masa informe de camisas por dentro de los vaqueros con cinturón de cuero y blusas de colores coronadas por peinados con broches brillantes y jopos enormes.

El disc jockey tenía muchos discos, de rock argentino, de Madonna, de Michael Jackson, de Bruce Springsteen, que nunca los ponía; siempre sonaba lo mismo, lo mismo que tocarían las orquestas que llegaban con sus trajes celestes y sus guitarras con pianito. A pesar de que le pedíamos que los pusiera, no los ponía. Sólo quedaba resignarse, sentarse en la mesa y alimentar el malhumor.

El ómnibus para volver a casa no pasaba hasta las seis de la mañana, me quedaba toda la noche sentada en aquella silla, contestando siempre lo mismo a algún valiente que se arrimaba: “No”. Los demás bailaban, se divertían, tomaban algo, conversaban con sus amigos, se besaban con algún novio. Gonzalo y yo seguíamos sentados en la mesa donde se apoyaba algún vaso sin dueño.

Seguro que el chico que me gustaba no había ido, o bailaba con otra chica, o tenía novia. Sólo había ido para verlo a él y él había ido a ver a alguna otra, que tal vez también había ido a ver a otro. No era fácil ser joven en los ‘80 en el interior. Pasabas noches enteras esperando que aquel muchacho te sacara a bailar, y si eso no pasaba, como casi siempre, la noche era un castigo agónico, una tortura al son de Grupo 70, mirando el reloj cada quince minutos, con la única ilusión de pasar por la panadería y reventar las últimas monedas en una bolsa de bizcochos para devorar en la parada.

Lo increíble es que la expectativa previa siempre lograba engañarme. Conversando con mis hermanos o mis amigos, a veces ya desde el viernes iba surgiendo algún tipo de entusiasmo basado en la fantasía de que aquel chico fuera al baile, que no tuviera más novia y que me sacara a bailar a mí. Pero al llegar, lo único que había era una nueva comprobación de que las fantasías no existen más que en la imaginación y en el corazón dulce y melancólico de las adolescentes soñadoras; fantasías que eran sistemáticamente destruidas al son de la plena, con los ojos doloridos de ver pasar la masa girante. Ojos y oídos embutidos en la cabeza pesada, desplomada sobre la muñeca, cuya fuerza se transmitía hacia el codo anclado en la mesa de madera barata, que a su vez se distribuía en las patas de la mesa, para terminar de descargar la soledad al piso de baldosas amarillas y negras gastadas por los tacos y mocasines girantes de cada sábado.

Así, sin entender por qué volvía, fue que un día no volví más. Nunca más vi la masa girante ni sus cabezas de jopos y peinados con raya al costado, ni los dos pasos a un lado y uno al otro, ni los trajes celestes, ni las guitarras con pianito. Tampoco volvieron las fantasías de amor imposible, ni las bolsas de bizcochos al amanecer, ni el control incesante del reloj que no avanza.

En aquel momento no entendía por qué volvía una y otra vez en busca de la materialización de mis fantasías. No lo entendía en aquel momento y tampoco lo entiendo ahora. No es que crea que no es posible materializar las fantasías, todo lo contrario. De hecho, casi podría decir que construí mi vida sobre esas fantasías. Lo que no termino de entender es por qué, sabiendo lo que quiero, lo busco donde sé que no está. No lo entendía en aquel momento y tampoco lo entiendo ahora.

sábado, 31 de octubre de 2020

50% Off

Algunas personas encauzan sus vidas guiadas por el análisis cauteloso de la conveniencia,  por sus gustos, por la posibilidad de obtener el mayor beneficio, por una lucha, por la ambición o por las condiciones que les impone el entorno.

Algunos eligen lo que les queda más cómodo y así van por el mundo, conscientes de las ventajas y desventajas que implica la ley del mínimo esfuerzo, sin sufrir ante la posibilidad de perderse algo por no esforzarse, porque evidentemente están dispuestos a pagar el precio de abrazarse a esa ley.

Otros planifican hasta el último detalle, creyendo que pueden controlarlo todo, que si la planificación es lo suficientemente buena, nada puede salir mal. Yo fui una fiel exponente de este grupo hasta hace no tanto, era de los que confían más en sí mismos que en la vida. Este tipo de personas viven en la fantasía de que existe un modelo perfecto de todo y que sólo es cuestión de esforzarse lo suficiente para alcanzarlo, calcular hasta el último detalle y no dejar nada librado al azar. Eso los obliga a ir por la vida siempre un par de jugadas adelante, pero tampoco son idiotas, saben que la vida nunca se somete del todo a sus planes.

También están, como contrapartida, los que no preparan nada, los que se quedan mirando por la ventana, acariciando al gato, dando vueltas por ahí hasta el momento en que tienen que actuar. No pensaron qué van a hacer, de qué forma van a enfrentar el asunto, qué herramientas van a usar, cómo van a llegar hasta el lugar al que deben ir, qué tienen que llevar... Dejan que llegue el momento y recién ahí empiezan a ver qué hacen. Éstos confían más en la vida que en ellos mismos, incluso confían más en los demás que en ellos mismos. Saben que de alguna forma las cosas se van a resolver, ya lo han comprobado infinitas veces y simplemente no estorban. Tal vez son más creyentes a fin de cuentas, tal vez saben algo que los demás no sabemos. O tal vez es sólo que no les importa tanto si las cosas salen mal. Habría que preguntarles.

Yo era un poco así de joven, pero sin el aplomo. Una impostora, digamos. Más de una vez me vi con la hoja del escrito sobre la mesa, con la firma del profesor en la esquina, sin haber estudiado absolutamente nada, sin haber abierto siquiera el cuaderno... O incluso antes, cuando ningún momento era bueno para hacer los deberes y, llegada la noche, tras la pregunta de mi madre, no quedaba otra que decirle que claro que los había hecho, que si quería se los mostraba... Tuve tantos de esos momentos con el agua al cuello, que aprendí a aprontarme un poco, y luego un poco más, y luego un poco más, hasta llegar a estar en el bando los que creen que pueden controlarlo todo.

Ahora, después de muchos años de vivir con uno de los que confían en la vida para que resuelva, creo que aprendí que no puedo controlar nada, aunque muchas veces aún me pesco tejiendo estrategias, y debo confesar que muchas incluso llego a ejecutarlas... No es tan fácil deshacerse de los mecanismos que ya internalizamos hasta el hueso.

Pero hay una característica que me hace pertenecer a otro grupo, un grupo cuya membresía viene impresa en el ADN. Está entre las tradiciones más antiguas de mi familia, y los que tuvimos el privilegio de crecer en este clan implacable estamos obligados a respetarla como un rasgo de pertenencia al grupo y de fidelidad a sus reglas más profundamente arraigadas: lograr comprar lo que necesitamos con cincuenta por ciento de descuento.

jueves, 22 de octubre de 2020

Marte en retrógrado

 

Venía caminando de facultad y me desbordaban las ganas de verte. Las posibilidades eran ínfimas, ni vos ni yo teníamos teléfono, no eran épocas de teléfonos. La calle con el gran cantero en el medio me provocaba una enorme nostalgia, era donde te había visto por primera vez. La ansiedad y el calor aumentaban a medida que pasaban las cuadras. Sólo había una chance: encontrarte en alguna parte. Una parte de mi cuerpo sabía que era posible, pero mi cerebro lo negaba. “Es estadísticamente imposible” -mi cerebro-, “El amor no es asunto de estadísticas” - mi cuerpo-. Y así estaba.

¿Existe algún plan maestro que pauta nuestras vivencias? ¿Hay algo que entrelaza los momentos y las personas que encontramos a nuestro paso? No es posible saberlo con certeza. Imaginamos que lo entendemos cuando hay una causa aparentemente lógica que cierra bien la hipótesis, una especie de factor común entre los hechos, o cuando lo sucedido se parece a lo imaginado de antemano. Pero eso es sólo una construcción nuestra, no podemos asegurar que sea la causa verdadera de las cosas. Hay otros factores que intervienen, factores que no dependen de nosotros o que incluso desconocemos completamente.

No sé por qué se produjo aquel accidente que pudo ser fatal pero no lo fue. Mi hijo lloraba como un niño en el teléfono y yo me desesperaba porque no podía ir en su auxilio. La imagen del cuchillo clavado a centímetros de su cabeza se instaló en mi mente. Nadie entendía lo que había pasado, la conciencia parecía haberse retirado antes de la cuenta y sólo había quedado la posibilidad de entregarse, de hacer lo menos posible y confiar en que simplemente no era el momento. La policía técnica seguro que hubiera tenido buenas pistas para explicarlo, pero las pistas son sólo eso, pistas, apenas hilos conductores entre los hechos, y no pueden explicar la causa del accidente que pudo ser fatal pero no lo fue.

Tampoco sé por qué aquel día te encontré sentado en la puerta del bar con la cortina baja -verificando la hipótesis de mi cuerpo-. Habías empezado a mirarme desde lejos, como sabiendo que iba a aparecer por la calle empedrada, lidiando con la subida, al calor del mediodía y del comienzo del amor. ¿Por qué el amor resiste aunque hagamos todo lo posible por destruirlo, o no resiste aunque hagamos todos los esfuerzos por sostenerlo? A simple vista parece que es el calor, o la alegría, o la empatía, o tantas otras cosas, pero todo eso parece accesorio frente al milagro del encuentro en la puerta del bar y al tamaño del corazón que late dentro del pecho en un espacio que excede la dimensión del latido, y lo obliga a subir hacia la garganta en busca del exterior, en busca de un lugar donde pueda expandirse a sus anchas.

No sé si será el destino, lo inevitable, lo que dicen que tenemos que aprender. No sé si será la vida que nos tocó, lo que elegimos en algún momento y ya no recordamos; no sé si será el karma. No sé si es posible encontrar las causas para explicar las cosas que nos pasan. No sé si el suceder del tiempo y sus acontecimientos tienen realmente una explicación, o si será Marte en retrógrado.

jueves, 15 de octubre de 2020

¿Pájaro o mariposa?

 

Mi marido dormía a mi lado, como cada noche, gracias a Dios. Iría por la décima página del Retrato de un hombre invisible -o la vigésima, no sé-, cuando mis dos manos cerraron el libro de golpe. Mi mano izquierda lo dejó sobre mi regazo mientras mi mano derecha me sacaba los lentes. Mis ojos quedaron fijos en el paisaje en penumbras del cuarto, mirando sin mirar el ropero de roble que sigue sin la puerta del medio; se desplazaron lentamente hacia la derecha, pasando de largo la puerta y la lámpara desnuda que cuelga del techo, hasta llegar a la cómoda donde penden los collares y se apoyan las fotos de mis hijos bebés y la familia en la playa, y allí se quedaron.

El corazón se me aceleró y sentí que el sudor me mojaba un poco las axilas. La respiración se agitó, o se entrecortó, o tal vez se detuvo un instante; no recuerdo. Lo que recuerdo perfectamente es el pensamiento que se instaló en mi mente en ese momento: si este tipo escribe esto, yo puedo escribir lo que quiera. Abrí de nuevo el libro y seguí leyendo hasta que mis ojos no resistieron más. El pensamiento quedó dando vueltas en mi cabeza después de apagar la luz, primero en la vigilia y, un rato más tarde, en ese estado en el que uno está entre despierto y dormido. Fue entonces cuando alguna parte de mi cerebro que no sé identificar empezó a escribir alguno de estos relatos, o ninguno en particular. Un relato.

Aquel pensamiento quedó merodeando mis días y mis noches durante semanas, hasta que un día vino Sergio y hablamos de libros, como casi siempre. Le conté que el Flaco me había prestado ese libro y él me contó que lo había leído, y claro, tenía una anécdota para contarme, de cómo Paul Auster se había enterado de que su padre había muerto. Una de esas historias que yo jamás podría recordar, pero él sí. Ese día se lo dije por primera vez a alguien, ese día me animé a poner en palabras mi deseo de escribir. Ese día me di cuenta de que para ser escritor, alcanza con escribir.

Pasó un tiempo más, hasta que un viernes de noche me junté con Juan y el Dardo, y les conté lo que me estaba pasando. Ellos me dieron el envión que me faltaba, una vez más me dieron ánimo, creyeron en mí como tantas otras veces en estos treinta años de compañía a veces interrumpida, pero siempre amorosa.

Entonces supe que algo había dado un vuelco en mi interior, que algo había cambiado su rumbo radicalmente, que había sufrido una metamorfosis. O más bien, que había vuelto sobre mis pasos hacia un estado anterior a las ciencias y el pensamiento abstracto en el que me había embarcado en algún momento, para retornar a mis orígenes. Ya sin miedo, ya sin mucho que perder, porque lo que quería ya lo tenía, lo que había proyectado ya lo había concretado, y también porque ahora ya no hay tiempo para proyectar. Ese tiempo pasó. Ahora es el tiempo de hacer.

Este fin de semana, cuando mi hija y mi amiga Celsa revisaban un cuaderno que sobrevivió a la demolición de la vieja Pagoda como sobreviven las cosas que tienen el destino de sobrevivir: solas, sin ayuda, encontraron un cuestionario que habían hecho cuando mi hija tenía siete años; un cuestionario larguísimo en el que una de las preguntas era increíblemente hermosa, mágica, profunda: ¿pájaro o mariposa?

Mariposa.