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Ensayos breves sobre el divagar_
textos publicados en 2020. Corrección: Mariana Mendizábal

CV arq Elina Olivera


Proyecto de carpeta, Las Piedras, 2011

Proyecto de carpeta, Las Piedras, 2011
afuera posterior. Render: 3dsc studio
Para el curso de Proyecto, tesis de grado de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de la República, se diseñaron tres edificios para el Parque Artigas de la ciudad de Las Piedras, implantados en el proyecto urbano ganador del 2° Premio del Concurso de la Intendencia de Canelones para dicho parque.
Se desarrolló a nivel de proyecto ejecutivo uno de los tres edificios, llamado Unidad de Gestión (nombre retomado del equipo ganador del 2° premio del Concurso), implantado en el sitio donde está actualmente el mausoleo.
Es un edificio multiprogramático, pensado como parte de un proyecto de equipamiento urbano para la ciudad de Las Piedras y sus conurbanos lindantes.
Contiene una Sala de exposiciones y eventos junto a una cafetería en la planta baja y dos oficinas para la IMC y Administración.
En el Primer nivel, tiene una Biblioteca|Mediateca y cuatro oficinas para Organizaciones Sociales Locales.
En el Segundo nivel, tiene una Sala de conferencias para 110 personas y cuatro oficinas más para Organizaciones Sociales Locales.

Un gran espacio en planta baja con triple altura, que hace de atrio en los tres niveles, es coronado por un techo traslúcido de policarbonato, jerarquizándolo.
El edificio es una caja de vidrio, de planta libre atravesada verticalmente por un cuerpo sólido donde se alojan los servicios y circulaciones verticales.
La envolvente de vidrio es un curtain wall de doble piel, con una cámara ventilada transitable pensada para acondicionar termicamente el edificio de forma natural la mayor parte del tiempo posible, dejando el aire acondicionado para los días con condiciones climáticas extremas.

Proyecto conjunto con Martha Spinoglio


interior planta baja. Render: 3dsc studio

CASAS DE CAMPO

La percepción espacial en el territorio rural es completamente diferente a la del medio urbano. El diálogo adentro-afuera es muy intenso, las percepciones de los espacios interiores están en función de los paisajes que aprecen en las ventanas, como cuadros vivos.
La iluminación natural tiene un rol protagónico en los espacios interiores, que combinada con la espiritualidad de quienes habitan la casa, generan un ambiente muy especial cargado de significados.

foto: Marcos Mendizábal

Vivienda Piqueréz-Eguren. El Colorado. AMPLIACIÓN

Vivienda Piqueréz-Eguren. El Colorado. AMPLIACIÓN
foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

Vivienda Tutté-Maldonado. Melilla. REFORMA

Vivienda Tutté-Maldonado. Melilla. REFORMA
foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

Vivienda Sanguinetti. El Colorado. OBRA NUEVA

Vivienda Sanguinetti. El Colorado. OBRA NUEVA
foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

CASAS URBANAS

Espacios a veces más introvertidos, a veces más abiertos. La ciudad muestra sus escenarios intramuros.

Diseño interior

Diseño interior
cocina montevideana. Vivienda Sanguinetti-Larriera. Foto: Marcos Mendizábal

foto: Marcos Mendizábal

Vivienda. Familia Duarte-Olivera. 2010

Reforma de una vivienda unifamiliar.
La casa se abre francamente hacia el fondo, percibiendo esta apertura desde la entrada. La luz natural que entra en la fachada posterior empuja al visitante hacia el alma de la casa: el estar-cocina-comedor, totalmente abierto hacia el espacio exterior posterior.
La calefacción es enteramente a leña y el agua caliente es generada por un calentador solar, ubicado en el techo de la vivienda.

Vivienda Duarte-Olivera

Vivienda Duarte-Olivera
desde el acceso

parte de fachada posterior

Isla de Flores. 2007

Intervenir sin intervenir

Se buscó una intervención mínima en un sitio muy particular, donde inundan las ganas de no tocar mucho nada. El contacto directo con la historia a través de las ruinas carcomidas por el tiempo es avasallador.
El lugar da y pide paz. Planteamos esta mínima intervención y una agenda de eventos posibles para las distintas épocas del año. Se trató de abordar la gestión, aunque fuera a nivel de intenciones.

Autoras: Elina Olivera y Catalina Colo

Primer premio Concurso de ideas Isla de Flores

Primer premio Concurso de ideas Isla de Flores
Taller Perdomo. Facultad de Arquitectura. UdelaR

viernes, 8 de enero de 2021

Las capas del error

 

Cuando uno piensa que realmente ha logrado solucionar un asunto, cuando ya logra transitar sus episodios sin sobresaltos, sin sudores fríos, sin grandes angustias, incluso con alegría y alivio, el asunto vuelve bajo una nueva forma para mostrarnos que no lo teníamos tan resuelto. Porque las cosas nunca son exactamente como nosotros pensábamos, aunque se le parezcan bastante.

Cuando ya fui lo suficientemente mayor, descubrí que desde bastante pequeña había sufrido pequeños episodios parecidos a ataques de pánico. Los identifiqué cuando tuve de los verdaderos, dándome cuenta de que eran iguales a aquellos pero más grandes. Buceando en mis recuerdos, encontré inmediatamente la causa de aquellos picos de ansiedad: el error. Los errores -tan humanos, tan inevitables como frecuentes- eran para mí asuntos muy reprochables, incluso merecedores de castigo; fundamentalmente por parte de mí misma. Crecí con ese entendimiento y se instaló en mí de tal forma que viví durante años en consecuencia, castigándome casi a diario, en mayor o menor medida, en función del tamaño del “error”.

Mi profesión no ayudó, claro, porque uno se las ingenia para para que la vida encaje perfectamente con lo que más sufrimiento nos causa. Así la vida nos trae circunstancias, compañías, hasta profesiones que sirven a la causa. Tuve muchas pesadillas, noches enteras sin dormir por asuntos como que una ventana estaba a seis centímetros de donde debería estar. Ahora miro la ventana y ni siquiera puedo identificar hacia qué lado están los seis centímetros de más. O sobresaltos en la respiración y el ritmo cardíaco en cualquier momento del día o de la noche, convencida de haber puesto mal el hierro de aquella losa o de aquel pilar. O, simplemente, solo el miedo de haber cometido algún error no identificado, llegando hasta a buscarlo en cada cosa que hice.

Esos momentos se fueron agigantando con el paso del tiempo, todos somos más inconscientes de jóvenes pero con los años tendemos a preocuparnos cada vez más. Finalmente, ese tumulto de sufrimientos me llevaron a abandonar parcialmente el ejercicio liberal de mi profesión, eligiendo el trabajo dependiente por mi salud y la de mi familia. Ahora me entretengo diseñando algo pequeño para algún familiar o amigo, enfrentándome a la duda sobre mi opción laboral al comprobar que adoro el proyecto arquitectónico, que es un trabajo hermoso.

El trabajo que elegí para ganarme la vida sin demasiados sobresaltos, aunque no en ausencia de compromiso y responsabilidades, me ha permitido hacer un proceso valioso de incorporar el error hasta llegar a convivir con él de una forma casi amistosa, haciéndome cargo de él y reconociendo que simplemente me equivoqué. No es que niegue mis errores, todo lo contrario: los acepto, los enmiendo y pido las disculpas del caso. Y al hacer ese proceso, algo se va limpiando dentro mío, teniendo como consecuencia que otro también pueda entenderlo y recibirlo con la misma serenidad con que lo recibo yo.

Pero como siempre que uno logra un crecimiento interior, aparece una capa más de entendimiento, una capa que antes, en medio de la incapacidad de ver lo más obvio, no veíamos ni por asomo, inmersos en la ilusión de que con esa superación ya habíamos resuelto el problema. Sin embargo, la vida implacable, severa, conocedora de nuestras capacidades verdaderas, nos trae una nueva versión del problema, una versión más compleja, que surge de una capa subyacente a la que ya resolvimos, mostrándonos otra vez la verdadera dimensión del aprendizaje. Así, sucedió que mi error tuvo consecuencias en otros, consecuencias que al intentar imaginarlas hace volver aquella sensación que parecía superada.

Frente a esta nueva dimensión del error, no tengo idea de cómo enfrentarla, porque en este plano, aceptarla, hacerme cargo y pedir disculpas no sirve para nada. No tiene que ver con recibir el perdón del otro, ni siquiera con perdonarnos a nosotros mismos, sino con llegar al origen del problema. Ya veremos qué tan profundo llego en este proceso, qué tanto logro sintetizar el conflicto. Lo que sí debería tener claro es que, aprenda lo que aprenda, no será definitivo, sino justo lo necesario para avanzar, sin olvidar que, seguramente, un día el tema volverá con otro disfraz, y sería muy bueno que no vuelva a tomarme desprevenida.


sábado, 2 de enero de 2021

Un Jesús de chocolate

 

Las fiestas de fin de año son siempre un momento delicado en la vida de las personas, no son como otros festejos, como los cumpleaños ni como tantas otras fiestas, porque casi siempre suponen un cierto grado de tensión. Una tensión que por lo general surge por problemas familiares que nos vemos obligados a ignorar por una noche, o por tener que compartir la velada con gente con la que no tenemos demasiada empatía. En algunas familias, esa tensión empieza a revolotear en las cabezas de todos aquellos que no son niños desde unos cuantos días antes del evento.

Problemas entre hermanos, padres que no se llevan bien, parientes políticos que no terminan de encajar en la familia rondan los pensamientos de los adultos mientras preparan el pan dulce varios días antes de Navidad, o mientras hacen las compras o piensan la lista de participantes al evento para ver qué deben preparar. Ahí empiezan a asomar como en visión lateral los recuerdos de momentos incómodos de años anteriores. Todo eso está por ahí mientras algunos intentan mitigarlo con un arbolito navideño cubierto de luces o con una playlist bien para arriba: una puesta en escena que compense todo aquello.

Todos pasamos por distintas etapas en el relacionamiento con las fiestas a lo largo de la vida: en la infancia las fiestas son lo máximo, el momento más esperado del año en el que seres mágicos te traen regalos. Un momento en el que todo es conexión con la parte mística de la existencia, en el que uno expresa sus deseos y éstos se cumplen casi indefectiblemente. Son cosas que claramente no pasan en otros momentos del año, por eso los niños lo esperan tan ansiosamente. Pero no es solo por los regalos, es sobre todo porque esa conexión mágica que ellos saben que existe -mientras los adultos la han olvidado- se materializa, convirtiéndose en la mayor comprobación de la Fe que puede tener una persona. Y no volverá más, no con esa fuerza, no con esa convicción.

En la adolescencia, uno empieza a percibir algunas cosas, pero sin entenderlas del todo. Puede ver quién está borracho, puede ver las miradas oscuras entre algunos parientes y puede sentir la atmósfera cargada que se vive a veces. Entonces querrá con todas sus fuerzas estar en otro lado, con sus amigos, lejos de su casa y apartado de esa gente que ya lo tiene harto. El sentimiento de rechazo se agiganta porque uno está obligado a quedarse, mientras tiene que soportar que algún adulto haga chistes sobre su cara de orto. Como tantas otras cosas en esa etapa de la vida, las fiestas escenifican la reacción violenta que habita en nuestro interior, dejando de ser el mejor momento del año para convertirse en el peor.

Cuando llegamos a la edad adulta, algunos tenemos hijos: ahí reside todo el sentido que estas fiestas tienen en realidad, cuando de golpe comprendemos que lo que se festeja en Navidad es el nacimiento de un niño. Mientras nuestros hijos empiezan a vislumbrar el momento mágico que se acerca, con una ilusión que crece día a día de manera exponencial, nosotros nos olvidamos de las tensiones, de los parientes borrachos, de quién vendrá y quién no. Sólo habrá un pensamiento rondando nuestra mente, un pensamiento que surgirá un par de meses antes y se irá haciendo cada vez más recurrente a medida que pasan los días, un pensamiento al que le iremos dedicando cada vez más atención y que será el motivo de consulta por excelencia con los demás familiares que participarán de los festejos: qué vamos a comer.

 

jueves, 24 de diciembre de 2020

HOY El Beto te desea Feliz Navidad

 

Si me hubiera dado cuenta a tiempo de que hacía tanto calor, me habría cambiado de ropa. El sol pegaba de lleno en el parabrisas del auto, haciéndome detestar el vaquero. Había que pasar por lo de mis tías, pero esta vez no sería para tomar el te, ni comer cosas ricas, ni ver a mis primas como en otras tantas ocasiones. Mi madre nos esperaba en su casa. Había que llegar a tiempo para estar un rato con ella y pasar a la vuelta por lo de Esther para saludar a los muchachos.

Parar en lo de Beittone a comprar una cocucha efervescente se presentaba como un consuelo para paliar la desazón. Redactar el obituario fue todo un desafío: no era fácil encontrar la manera de poner a los que ya no están, intentando conciliar las complejidades de una familia tan atípica. Y así fue pasando la tarde, tomando el té y comiendo los alfajores de maicena destinados a la comida navideña, mientras intentábamos evocar las reuniones de los martes, buscando sin éxito que fuera como un martes cualquiera.

Ellas recordarán otros martes, cuando estaban todas. Yo intentaré estar ahí sin intervenir (siempre me cuesta mucho no intervenir, no opinar, sólo participar amorosamente). A la vuelta pasamos por las mismas calles por donde andaba en bicicleta cuando era chica, por las avenidas por donde iba a la casa de mi padre, reconociendo algunos paisajes y sorprendiéndome por la transformación de otros. Las casas quintas, antes grises y abandonadas, ahora están hermosas, pintadas, pero algunas de las viejas tiendas de barrio siguen iguales, con las marcas del paso del tiempo en sus carteles descoloridos.

Al día siguiente tendría que volver a hacer el viaje hasta la casa de mi madre, atravesar la ciudad, tomar la ruta, y luego el viejo camino de las quintas y los árboles frutales. Cuando florecen los durazneros es como si uno se adentrara en un paisaje onírico, como si se abriera una falla geológica justo en medio del color rosado. Espero todo el año a que llegue ese momento. Al pasar hoy por el camino reímos al ver un cartel que rezaba: “HOY El Beto te desea Feliz Navidad”. ¿Por qué solo hoy nos desea feliz navidad El Beto? En todo caso, qué suerte que pasamos justo hoy. Al llegar a la portera, la veremos venir cruzando campo, como le gusta a ella, casi corriendo. Va a colgar la cartera del medio de la portera y va a pasar por encima como cuando éramos chicos, aunque tenga setenta y ocho años. Ella es así.

A mediodía estaré volviendo hacia Montevideo. Después de ir y volver tantas veces en menos de 24 horas, me doy cuenta de que, por primera vez, lo hago sola. Suena una melodía apacible en la radio del auto. Ahora que estoy sola, ya puedo prender el aire acondicionado. Miro el camino nuevamente, pienso que al fin y al cabo, debo agradecer por poder hacer lo que tengo que hacer. Me gana un sentimiento de satisfacción y una alegría sencilla, modesta. De pronto, una suave brisa provoca una llovizna de flores amarillas sobre el camino inmediatamente antes de que yo pase, como si fuera uno de esos efectos navideños de los shoppings, pero de verdad.

Llegando al lomo de burro, tengo que aminorar la marcha. Algo me llama la atención a la izquierda. Moviendo ambos brazos vehementemente, veo a un hombre detrás de una mesa con mantel y cosas que parecen aderezos en varios recipientes. Detrás: un fuego controlado con los chorizos sobre la parrilla. Al principio no entiendo a quién saluda, miro para los costados, pero no hay nadie; sólo estamos él y yo. Él con una enorme sonrisa y sus dos brazos en alto moviéndose de lado a lado. Yo, en el auto. Entonces me doy cuenta: me está saludando a mí. Claro. Al bajar un poco la vista veo de nuevo el cartel ¡Es Beto! Un desconocido. Y me está deseando una Feliz Navidad. Le devuelvo el saludo con tanto asombro como alegría.

El auto retoma su marcha mientras veo por el espejo a Beto que se aleja y las flores sobre el camino, dejando para el próximo que pase una hermosa alfombra amarilla.

sábado, 19 de diciembre de 2020

Horarios y costumbres

 

Cuando tenés un hijo, todo el mundo te dice que lo disfrutes, que crecen tan rápido... Y una está en medio del puerperio, con puntos y heridas en lugares terribles, con dolor e inflamación en cada centímetro de tu cuerpo, al servicio de la criatura 24-7, sin un momento para bañarte, con los pelos desgreñados, todavía usando las mismas calzas descoloridas que llevaste durante todo el embarazo y sin dormir desde un mes antes del parto. La palabra disfrutar no entra en esa realidad ni con un calzador de los largos, de esos que usan las personas que no se alcanzan los pies.

En medio de esa realidad unimodal, conformada por cuatro o cinco actividades que se repiten como las palabras de los locos en círculos concéntricos haciendo eje en el bebé, aparece de repente una sonrisa increíblemente hermosa, una mano prensil que se agarra de tu dedo meñique con una fuerza que resulta desproporcionada respecto a su tamaño. Y esos pequeños instantes desencadenan una enorme felicidad desconocida hasta ese momento, una felicidad que se sobrepone al sueño, a los puntos, al dificilísimo estado emocional. Es una felicidad que llegó para quedarse en esta vida, volverá con cada avance, con cada pequeño paso hacia la autonomía, con los amigos que eligen, con cada comprobación de que son buenas personas.

En un momento, ellos empezarán a asomarse a la adultez y nosotros empezaremos a pegar la vuelta. Las fiestas ya no nos valdrán la resaca del día siguiente, ni el bajón de presión, ni casi ningún sacrificio. Y tus hijos se reirán de vos, igual que vos te reías de tu madre, y te acusarán de vieja careta, y reiremos juntos. Es como si la juventud no pudiese seguirnos el tranco y quedara rezagada frente a nuestra testarudez de querer seguir haciendo las mismas cosas, usando la misma ropa y mirando al mundo con la misma mirada entusiasta. Es así, nos resistimos a que el tiempo penetre en nuestro interior; ya bastante que lo dejamos manifestarse en el pelo, la cara, ... y en casi todo lo que se ve.

Nuestros hijos, a su vez, nos van a mostrar que de algún modo siguen siendo los mismos, solo que más grandes y más libres. Se van a enojar con los partidos de fútbol exactamente igual que cuando eran niños: seguirán vociferando como desquiciados contra los jugadores, los jueces, incluso los relatores. O se emocionarán con las mismas películas, con las ceremonias que a nosotros también nos conmueven, sabiendo que estaremos orgullosos de ver que se nos parececen. Aprenderán a discernir cuáles vivencias familiares les gustan, o les son útiles, o les divierten. Y nosotros tendremos que empezar a soltarlos y confiar en ellos, porque ya nos demostraron infinitas veces que podemos confiar, y ahí tendremos que seguir con nuestras vidas, y, una vez levadas las anclas y sin el cable a tierra de las infinitas tareas, retomar nuestro viaje.

Una vez más, igual que cuando nos sacaron del camellón, estaremos solos en la vida.

 

sábado, 12 de diciembre de 2020

Siete_ 1

 

El amanecer de cada día es lento y tortuoso. No sé por qué, pero cuando suena el despertador, el cuerpo pesa veinte o treinta kilos más que en el resto del día. El contacto con el colchón es intenso, siento como sostiene cada centímetro de mi cuerpo apoyado en él. La almohada es como un pecho masculino en un abrazo cálido, de esos de los que una mujer no quiere salir nunca más. Tal vez todo sea porque sé que, una vez en pie, hay que correr. Tal vez porque la vida en los sueños no exige que tomemos decisiones, que nos hagamos cargo de nuestras elecciones, de nuestras palabras y nuestros actos.

Una vez que la lucha de quince minutos es ganada por el sistema productivo en el que estoy inserta, mi cuerpo se aliviana lo suficiente como para levantarme de la cama, calentar la taza de té y sentarme en el sillón. Sin embargo, es un logro bastante relativo, ya que me voy a sentar en el sillón en un angulo tan horizontal como sea posible. Lograr que mi cuello sostenga la cabeza ya será otro asunto, también arduo y dificultoso: mi última conquista de cada mañana.

Debo confesar que siempre he tenido pereza. Desde que tengo memoria, el mundo exterior, el mundo de los esfuerzos físicos, no me interesa. En vez, el mundo interior, el imaginario, donde las cosas son exactamente como yo quiero, se me hace mucho más interesante, más satisfactorio y más cómodo: es un mundo perfecto, donde todo sale siempre como yo quiero. Todo lo contrario del mundo real, que está lleno de trabajo, de cosas que resolver, de errores, de respuestas incorrectas; de decisiones que hay que tomar y de consecuencias que hay que asumir.

¡Cuánto trabajo! Viéndolo así, es comprensible que no me quiera levantar. En el momento de abandonar el sueño, en algún lugar de mi mente se prende una lucecita roja, diminuta, casi imperceptible en la conciencia, que advierte a mi inconsciente de lo que me espera, de que claramente no es conveniente para mí despertarme. Que mi cuerpo y mi cerebro tendrán que iniciar otra vez el movimiento de los engranajes, con el gasto energético que implica el arranque, el paso de la quietud al movimiento. Una vez que ya arrancó, bueno... se sigue casi de forma autómata, casi por inercia, con el consumo de energía propia de la velocidad crucero. Y a ese funcionamiento automático, se acoplan las respuestas y acciones también automáticas, que salen así como vienen, como han venido siempre.

Mis días transcurren de esa forma, en función de mis saberes adquiridos, muchísimos equivocados, incorrectos, basados casi exclusivamente en la repetición; aprendidos a fuerza de seguir el consejo del colchón, de la almohada y del sillón, y consuetudinariamente repetidos, aun conociendo sus impurezas, sus aristas hirientes, su potencial destructivo. Para cambiar esas respuestas automáticas por otras mejores, tendría que lidiar más a fondo con mi pereza, detenerme a soñar despierta con una mejor versión de mí y trabajar duro para encarnarla.

Puede que todo esto explique por qué me gusta escribir divagues, diseñar espacios, cantar canciones compuestas por otros. Todo eso se gesta en mi cabeza y no me exige mayor esfuerzo físico, es cuestión de sentarse y plasmar lo imaginado cargado de emotividad. Pero tal vez, es justamente en el esfuerzo cotidiano de entrar al canal de expresión por donde se traslada todo acto creativo para encontrar al otro e intentar conmoverlo donde reside mi salvación.

 

sábado, 5 de diciembre de 2020

De qué hablamos?

 

Hace unos días descubrí en el Diccionario filosófico de Voltaire que Babel es el nombre bíblico de Babilonia. Lo descubrí después de embarcarme en una meticulosa investigación que empezó en La trilogía de Nueva York, siguió con consultas a algunos parientes, y una búsqueda en el Viejo Testamento, para finalmente desembarcar en Google, una vez más, donde encontré ese diccionario. Dediqué casi toda la tarde a esa tarea, con una atención adrenalínica. Estaba en mi casa esos días, así que tenía tiempo, y lo invertí con enorme alegría en esa búsqueda casi inútil. Una búsqueda que solo iba a ser redituable en términos de curiosidad, aunque muchas de las cosas que aprendí las voy a olvidar muy rápido, si es que ya no las olvidé, como casi todo.

Sin embargo, dedicar toda esa energía a la búsqueda de ese tipo de conocimiento siempre ha sido una especie de droga para mí. Desde niña me han fascinado ese tipo de tareas. Mi memoria vino defectuosa, hasta el punto de ver una película una noche y a la mañana siguiente no recordar de qué se trataba y mucho menos cómo se llamaba; exceptuando esas pocas películas que me dieron vuelta la cabeza, que me transformaron. Jamás logré recordar fechas, enumeraciones, tipologías. ¿Para qué querría saber ese tipo de cosas?

Mis mejores anécdotas, con las que más he divertido a mi familia, relatan enormes humillaciones parada debajo del pizarrón, intentando repetir nombres de huesos, ríos de América, tablas, o fechas y hechos históricos sin sentido para mí, mientras la clase entera, el maestro o profesor incluido, me acribillaban con la mirada. Y yo ahí, parada, fortaleciendo mi resistencia interior. No solo no lo había memorizado, ni siquiera lo había estudiado. No me interesaba. Claro que el recuerdo de esos momentos quedó grabado a fuego en mi memoria, pero la profunda convicción de que esa información era completamente inútil me ayudaba a mantener la entereza.

Mi mente funciona bien cuando puede meterse en un espacio disparado por un interés que aparece casualmente y entra por un túnel hecho de cuestiones ligadas a ese interés original. Cosas irrelevantes pero que se atan al interés disparador de una forma robusta, siendo más importante esa atadura que los eventos que ata. Es más interesante el hilo conductor que los hechos que conecta. Los hechos seguro que voy a olvidarlos rápidamente, pero el hilo conductor que hilvana todos esos pensamientos va a quedar grabado en mi cerebro, tal vez para siempre, llegando a veces a ser el disparador de un nuevo proceso inquieto.

Mis hijos me preguntaron muchas veces para qué tenían que estudiar determinadas cosas que, según ellos, no les servían para nada. Y debo confesar que les contesté con las respuestas que algún adulto me había dado a mí cuando hice esas mismas preguntas, cayendo en uno de los peores pecados: responder lo mismo que nuestros padres a preguntas para las que no tenemos respuesta. Tal vez por miedo a dejar en evidencia que no tengo todas las respuestas... tal vez por miedo a que me desafiaran... tal vez solo por miedo.. Ahora creo que podría contestar al menos algunas de sus preguntas: hay que estudiar matemáticas porque es hermosa, y también porque ayuda a desarrollar algunas partes del cerebro y del pensamiento abstracto, y no conozco otras herramientas más eficientes para eso. Hay que estudiar Idioma Español porque ver la estructura invisible que sostiene la lengua nos adentra en una dimensión fascinante. No hay que memorizar nada. Hay que seguir cada inquietud como un sabueso e intentar a toda costa encontrar el espíritu que hay detrás de cada búsqueda de conocimiento. Todo lo demás, no importa.

sábado, 28 de noviembre de 2020

Covicho 13 - Gusi 0

 

Murió Diego Maradona pero la discusión inlaudable de quién es el mejor jugador de la historia está más viva que nunca. En su versión más clásica, tiene a Pelé y Maradona como protagonistas. Pero la discusión también puede girar en torno a Messi y Maradona. O puede enfrentar al astro argentino con Cristiano Ronaldo, o Ronaldo, o Ronaldinho. Sea quién sea el contrincante, no es posible hacer una afirmación de esa naturaleza. No es posible definir las variables para hacer estadísticas, ni su incidencia en lo que estamos midiendo o en los resultados que obtuvieron, porque el momento histórico es diferente para cada uno; porque las condiciones -el entorno, la liga, los compañeros de cuadro- son diferentes; porque la personalidad de cada uno es diferente y también lo es su capacidad de enfrentar las victorias y las derrotas.

Yo, que también tengo mis contradicciones, y aun entendiendo la imposibilidad de medir de manera más o menos objetiva la carrera de uno y otro, me encuentro hinchando por tal o cual, dependiendo del humor y del día. Pero todo esto nada tiene que ver con el fútbol en realidad, son cuestiones de la vida... opciones... posturas filosóficas.

Hoy estamos en medio de una situación global muy extraña, con un planeta semi paralizado por una enfermedad que apareció como antes habían aparecido otras, pero que, por alguna razón un tanto misteriosa, detuvo al mundo. Y en medio de esta confusión generalizada, también tenemos la necesidad de defender una posición; y así, yo, una vez más he tomado partido. He tomado partido de la misma manera subjetiva que discuto quién es el mejor jugador del mundo, con las mismas variables y condiciones indefinidas; con mi natural desconfianza en los poderes establecidos; con empatía con los que protestan contra un sistema perverso, que ahora se dedica a encontrar culpables.

No importan mucho las personas, qué cosas viven, con qué tienen que lidiar. No está bien abrazar a tu madre, no está bien juntarte a almorzar un domingo con tu padre, no está bien ir a acompañar a tu tía que está internada sola y bastante mal. Lo importante es encontrar un culpable y quemarlo en la plaza pública de hoy.

Sin embargo, a medida que pasan los días, me voy dando cuenta de que el enojo no me está sirviendo de nada y tengo que dejar de tomar partido. No tiene sentido defender la teoría de la conspiración, ni pedir a gritos que, si van a medir enfermedades, que las midan todas, ni otro montón de reivindicaciones que le estoy haciendo a nadie y a todos desde marzo. Nada de eso importa en realidad. Lo único que importa es la situación en la que estamos y lo que cada uno de nosotros puede aportar individualmente. No importa si es justo, si hay intereses creados, si estoy de acuerdo o no con las decisiones que se están tomando. Lo único que puedo hacer ahora es ponerme el tapabocas, aceptar las condiciones que me son dadas y no puedo cambiar, y callarme la boca.